Onírica | Crónicas deseantes

Onírica | Crónicas deseantes

Por: Andrea Sánchez Grobet a.k.a Salvajota

 

Invitamos a Andrea Sánchez (a.k.a Salvajota) escritora, editora por pasión a la erótica textual y performancera, para conocer su experiencia durante el sueño deleitante de El Festín: ONÍRICA.

 

ACTO 2: Los cuartos “eran una luz extraña en el fondo de una profunda oscuridad”.  -La Casa de las Bellas Durmientes de Yasunari Kawabata

La experiencia inmersiva empieza ahí, donde un pasillo sirvió como portal hacia un interior oculto. De repente, una instalación sensual se abrió ante mis ojos. Mis oídos explotaron por el sonido de fluidos que salían de la pantalla y mi lengua se empezó a activar con la mirada insinuante de Issa Téllez a.k.a Escorpiona. La deseé salvajemente a través de los colores rojizos del cuarto. Se acercó a mí y me susurró unas palabras de confianza y placer mientras sus dedos recorrían mi espalda desnuda. Me acercó su mano para alimentarme. El ponche caliente se sentía en mi garganta como el indicio de un anhelo profundo: mis poros empezaron a expandirse con las uvas para dejar entrar todas aquellas fantasías que tantas veces me habían sido prohibidas.

Con el cuerpo ya listo, entramos por aquella inmensa puerta de madera. Pequeñas escenas, a modo de tableu vivant, empezaron a despertar el apetito colectivo.

Nos sentamos en una sala que no puede ser descrita sino como un verdadero festín para los sentidos: recipientes de plata llenos de fruta, música en vivo, telas colgantes, espejos antiguosviejos y cuerpos danzantes en una bellísima atmósfera iluminada.

Aquellas pinturas vivientes se acercaron a taparnos los ojos para convertirnos en todo aquello que siempre quisimos. Con la visión atenuada sentí la explosión de mis latidos mientras caían por mi boca sabores y texturas musicalizadas por la respiración y el borboteo salivoso de algún cuerpo que me rozaba con ternura.

Subimos las escaleras hacia lo inesperado. Con un susurro casi pueril nos invitaron a explorar libremente los cuatro cuartos y el baño que, cada uno como un cosmos, desataron los goces más secretos. Entré al primero, Veracruz, con la sorpresa de encontrarme con dos cuerpos y una cama repleta de cuerdas de Shibari, aquella práctica japonesa milenaria que utiliza la atadura como una experiencia estética, sexual y emocional para ampliar los límites del cuerpo a través de la exploración de la confianza, el consenso, los roles de poder y los imaginarios sexuales y genéricos. Me dejé atar para dejar libres los sueños.

Entré al segundo cuarto, Michoacán, con cautela. Un ser hermoso se bañaba desnude con la mirada lujuriosa de quienes le observábamos. Agarró una toalla e invitó a uno de los cuerpos presentes a vestirle. En el cuarto había joyas, maquillaje, corsés, vestidos y espejos. Nos sentamos a mirarle. Me di vuelta y sentí una mano que me invitaba a otro cuarto. Me dejé llevar por esa silueta ondulante que lentamente me llevó al baño: ahí se encontraba una mujer que, vestida con tan sólo una tela blanca, dejaba ver su cuerpo por la transparencia del agua caliente que la recorría.

En un acto vouyerista me senté a ver cómo le lavaba los pies con una devoción suculenta a aquella desconocida que ahora se volvía una amante lejana. Ella, cerrando los ojos, expedía un murmullo de placer. Mi cuerpo se empezó a movilizar por aquella sensación placentera que ahora también era mía. 

 

Entré al tercer cuarto, Guerrero, empapada de deseos y fantasías para encontrarme con un cuerpo que danzaba al ras del piso. Era como una ensoñación no-humana que explotaba la ilusión de aquello que llamamos realidad. Ya erguido, nos invitó a todxs lxs presentes a masajear el cuerpo de una desconocida. Por algunos minutos, pudimos sentir colectivamente lo que pasa cuando la carne es rozada por una cantidad infinita de manos, dedos y miradas. Resurgimos del cuarto para encontrarnos con un organismo que se arrastraba lentamente sobre el pasillo. Era la deformación exquisita de un butoh salvaje que, mediante la exploración carnal de gestos que se movían entre los límites de lo grotesco y lo sensual, nos enseñó la cantidad de formas que hay para adentrarse a lo fantásticamente desconocido y escabroso del deseo.

El último cuarto, Oaxaca –el más lejano y grande de todos–, fue presentado por una quimera de ojos tapados. Nos invitó a escoger una rosa, acomodarnos en el espacio con una pareja y a sentir la suavidad del contacto. Sumergí mis dedos en los pétalos mientras ella recitaba un poema sonoro que me removía las entrañas en aquel cuarto que parecía una utopía comunal.

En parejas, nos adentramos al mundo del otrx a través de una mirada exquisita que hizo temblar todo mi cuerpo. Nos descubrimos con la rosa, recorriendo en suspiros y pétalos la carne de nuestra pareja. Sentí una complicidad extraña con aquel desconocido que, por instantes, se convirtió en un verdadero amante.

Regresé con aquel ser maravilloso que unos minutos antes había sido vestide por manos ajenas y pude ver un ritual conmovedor: una lectura en voz alta de los miedos más profundos que existen en el interior de cada unx. Con algunos libros dispuestos en el suelo se desataron las descripciones precisas de aquellos temores y deseos que rebosaban incontenibles por el cuarto. Nos escuchamos con atención, sintiendo cada secreto como una alucinación compartida. Con una ternura casi perfecta, este ser de género irreconocible terminó su propio miedo con un canto extraordinario que nos enseñó la potencia afectiva de la vulnerabilidad. Sentí mis ojos humedecerse por aquella ternura radical que tanta falta le hace al mundo.

Bajamos las escaleras para encontrarnos con un festín a dos cuerpos. Uvas, frutos rojos, leche condensada, higos y chocolate rebosaban en la superficie de aquellos seres que servían como platos vivientes. Decenas de bocas y lenguas empezaron a succionar, en una escena casi canibalística, aquel manjar que lentamente iba desapareciendo ante nuestros ojos. Con las pupilas todavía excitadas por aquel festín, nos sentamos en el pasillo que nos había dado la bienvenida para observar dos seres suspendidos que creaban unas figuras tan extraordinarias como evocativas. Dos actos a modos de resonancias fantásticas, en forma de exquisitas vibraciones, sonidos, tactos y expresiones. Unos sentidos que hablan de nuestro pasado, presente y futuro con un sinfín de miradas que lo concertaron. 

Esta composición deseante terminó con una mesa repleta de frutas, quesos veganos, mantequilla y pan, que saciaron nuestros apetitos más pervertidos.

Ya exhaustos, bailamos, reímos y platicamos hasta que terminó aquella ensoñación multisensorial. Estas escenas –tan hermosamente curadas por la Sociedad de Carne y Hueso y La Eroteca– buscaron evocar el goce oculto que vive en cada unx de nosotrxs.

Cada cuarto estuvo ahí como un catalizador deseante que sólo en sus formas oníricas puede ser traducido a la realidad y ser experimentado por quienes nos sumergimos en este mundo a través de una inmensa coreografía de carne, sonidos, sentidos y placeres.



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Andrea Sánchez (a.k.a Salvajota) ha dedicado su cuerpo, pensamiento y deseo a la investigación y exploración del erotismo. Le interesan los cruces entre la escritura, la edición, el baile y el performance. Es licenciada y maestra en Estudios Latinoamericanos por la UNAM y doctorante en Estudios Feministas en la UAM-X. Ha participado en varios congresos internacionales y publicado sobre sexualidad, racialidad, metodologías feministas y posporno en diferentes revistas y plataformas digitales. Es parte de varios proyectos autogestivos disidentes y forma parte de dos colectivas artísticas: AnUs y TNT. Se describe a sí misma como editora por pasión a la erótica textual y como una poeta danzante.

La encuentras en instagram como:  @salvajot.a

 

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